Política

“Premura y cambio” por Martha Zamarripa @m_zamarripa

Por Martha Zamarripa | Martes, 08 De Diciembre Del 2020.

El sentido común, puede decirse, es lo que hizo posible el cambio de proyecto de gobierno. La ahora desbancada (antes inamovible) oposición no leyó las señales que le anunciaban su despido. Al
hartazgo lo consideran motivo erróneo. Cuánto habrían querido que el Pueblo mexicano “aguantara más” cancelando el derecho al bienestar, a una buena vida y a ingresar al estadio del desarrollo.

La crítica al gobierno tiene pasos cortos, se tropieza con su falta de argumentos. Atreverse a censurar la voluntad de mejorar lo posible, que desde el poder provocaron y cerrarse a la necesidad de desechar lo inservible, ofrece de ellos un pésimo retrato. No hay gobierno respetable sí estuvo manchado de corrupción.

A dos años el cambio está en proceso. La transformación enfrenta dos obstáculos que se niegan a irse: el mortal virus y la amargada resistencia. Están aferrados a quedarse: uno, en los organismos de los seres humanos; el otro, en la vida pública para seguir infectándola.

La oposición arrinconada por ciudadanos y realidad no encuentra nada positivo en el cambio de proyecto. Faltaba más. Sería admitir las razones de su contundente derrota. Su arma más eficaz es una narrativa que intenta convencer a los mexicanos de regresar a lo de antes para que todo siga igual (ellos incluidos).

Al virus lo podrá neutralizar la esperada vacuna pero la resistencia es más terca que la pandemia. No hubo vacuna contra la ineptitud, el enriquecimiento ilícito, y la frivolidad gubernamental hasta que llegó el voto de 2018. Pese a su larga estancia fomentando los vicios del poder, la oposición no logró inocular a los ciudadanos. Le endilgan a este gobierno cada uno de sus yerros. Al crear desigualdad social y económica, partieron en dos a México y aun así se aventuran a juzgarlo por enmendar su desastre.  
 
Esa insensible clase gobernante subordinada a la empresarial no tuvo dique de contención. Enfocados en crear mayorías pobres y minorías acaudaladas heredan un país inviable. Si a Andrés Manuel López Obrador no lo lleva a la silla presidencial esa superioridad ciudadana, el estallamiento social le habría tocado a cualquiera que hubiera sido impuesto –el orador o el burócrata- por la perversa dupla partidista instalada en el poder. 
 
Son dos años de cambios algunos aún en proceso, que a quienes llevan interés de parte les conviene ignorar. Pero para la gente ha sido fácil habituarse a aquello que no perjudica su bolsillo. Muy rápido se adaptó a que, a diferencia de la rutina de los otros gobiernos, ahora el peso no se devalúa, ya no paga gasolinazos y no hay aumento de impuestos. Los ciudadanos celebran cambios impensables en los anteriores gobernantes que afectaron particularmente a las clases medias. La economía personal es clave en el cambio del voto.
 
La resistencia no sabe ocultar su malestar y desconsuelo. Su anhelado regreso no se ve cercano. Sus cartas están al descubierto. Insisten en volver y en retomar el poder en provecho de pocos para menoscabo de la mayoría. Seis años no alcanzan para revertir tres décadas de una catástrofe sustentada en malas decisiones y una política económica nefasta, pero hay un innegable avance.
 
Su discurso costoso y persuasivo aspira a reducir al 71% de quienes, según la última encuesta, apoyan el gobierno de AMLO. Pero reclamar que López Obrador arregle rápido la debacle tendría sentido si no fueran ellos los responsables del estropicio.

La inseguridad años atrás originada se mantiene como gran pendiente. La dificultad para combatirla con mayor eficacia demuestra el tamaño del daño causado para que un Presidente pudiera ser visto como democrático.  Esa guerra alargó sus consecuencias. Aunque este año varios delitos fueron a la baja, el doloroso feminicidio creció 8.9%. Un frontal ataque incluiría mirarlo con visión de género y vincularlo al patriarcado que lo provoca. A los derechos humanos les falta camino por recorrer, pero el actual gobierno no ordena masacres contra la gente ni es complaciente cuando se cometen violaciones a esos derechos. 
 
AMLO no está exento de errores, pero no se le puede regatear la voluntad de cambio. La gente sabe que el fraude electoral dejó de ser el invitado incómodo, que no quedarán impunes quienes engañen al fisco y que, a partir de 2020, a los expresidentes tratados siempre al margen de la ley y de la justicia, ni la investidura presidencial les servirá para impedir ser juzgados por corrupción . Si no cumplió y la mayoría lo decide, se podrá obligar a un presidente a dejar el cargo, antes de que concluya su gestión por la nueva figura de revocación de mandato. 
 
De no haberse votado por otro proyecto, se mantendría la injusta y abusiva condonación de impuestos, un gobierno tricolor o blanquiazul seguiría gozando su “derecho al despilfarro” y endeudando al país como respuesta a la ineficacia. Chetumal seguiría sin ser zona libre como desde 1992 lo decidió el neoliberalismo, y sin otorgárseles exenciones fiscales a la frontera sur como en la norte
  
La oposición achicó el salario mínimo con aumentos de entre 2 y 3% acatando órdenes de los organismos financieros internacionales que una y otra vez les aprobaban su cotidiano endeudamiento.
Aquellos gobiernos devaluaron  la mano de obra mexicana, -pagándole lo menos posible-, afectaron la competitividad al restarle valor al trabajo aumentando la disparidad. 

La respuesta hacia los pobres se cumplió, falta la que afanosamente busca la clase media cuyo voto fue crucial. Si amor con amor se paga, el gobierno de AMLO podría retomar la simbiosis con esa clase media que despojada de prejuicios en 2018 apuntaló de manera decidida el cambio de proyecto.

La oposición sigue sin comprender por qué perdió. No entiende su derrota. No sabe cómo los ve la gente que los despidió. No ha “leído” lo que pasa en México. Su estrategia es acabar pronto con su enemigo, no ofrecer alternativas o al menos dejar de estorbarle a quien decidió la gente.

El gobierno tiene prisa por cumplir sus compromisos antes de que finalice el 2024. Nadie espera que un país tan vapuleado salga de sus problemas en seis años, pero sí que para entonces existan las bases de un proyecto que lleve a México a la ruta del desarrollo para toda su gente. Que nadie más venga a decirle a los mexicanos como hacía la resistencia con sus gobiernos fallidos: “aguántate más”. Porque nadie está obligado a aceptar el hambre, la miseria, la exclusión, la inseguridad ni la corrupción. Es derecho de todos acceder a una vida digna y de calidad.

Por Martha Zamarripa | Periodista. Regiomontana. 100% izquierda. Embajadora de México en Belice. Lunes, 07 De Diciembre Del 2020.

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