Columnas

Tiempos de confusión: propaganda y periodismo

Columna | Por Martha Zamarripa | lunes 26 de abril de 2021

El cambio en México está resultando más complicado de lo que en el peor escenario se hubiera esperado. La oposición lo lleva mal y su cotidiano reclamo tiene un fundamento antidemocrático. La derrota, cuando les es propia, no es aceptable. Frente a intereses personales el voto no tiene valor. La ausencia de una cultura electoral del grupo inconforme, con ligereza, deja caer palabras mayores, como «golpe de estado», «dictadura» y «reelección». En la nueva realidad política es difícil encontrar al periodismo, en parte convertido en propaganda pagada. En vez de informar, moderar, distender y unir, el afán del periodismo que dejó de serlo es violentar una elección democrática de hace casi tres años que les pesa porque nunca se vivió.

Hay varios elementos que se utilizan de manera confusa. Hay que aclararles: un Presidente que llegó al cargo con una votación mayoritaria, no guarda relación con un dictador. Fue un candidato que ganó en buena lid la presidencia. Un gobierno democráticamente electo no es una dictadura. Aludir a un golpe de estado busca crear inestabilidad que, de conseguirse, no se salva nadie. Lo que las redes y los medios digan no es real, sino interpretación convenciera. Se trata de una mera opinión en la mayoría de los casos sin fundamento. Mal para aquellos que les crean.

En tiempos de confusión se busca al periodismo, pero en México buena parte ha sido comprado. Dejan caer la palabra tabú de la «reelección», proyectada hacia el Presidente por los columnistas, no por el jefe del Ejecutivo. No es lo mismo la ampliación de dos años del presidente de la SCJN (Suprema Corte de Justicia de la Nación) que una «reelección presidencial» de 2024 a 2030. Difundirlo es temerario y provoca un clima adverso que el país no necesita.

Dos temas deben cuestionarse: dicen que no hay democracia –‘como antes’-. Con ligereza y mala fe difunden la ocurrencia de que no hay ‘independencia de poderes’, como en el pasado. No tendría que dejarse pasar lo que no es cierto.

México no ha sido un país democrático, pues ganar alcaldías o gubernaturas —pero no la presidencia— hablaría, ‘en el mejor de los casos’, de una democracia acotada a lo estatal o municipal. Si no existía la posibilidad de ganar la presidencia porque estaba reservada para los candidatos del régimen, entonces no había libertad ni pluralidad.

No es reciente que la propaganda en México se halle disfrazada de periodismo. Es un mercado rentable. Ni siquiera son creativos, pues han traído la elección del 2006 al 2021. Los gobiernos que patrocinaban el elogio pagaron cifras millonarias para enlodar al adversario. Lo hacen otra vez: no toda la prensa, no todos los medios, pero sí la mayoría.

Pese al ruido de la propaganda, hay periodismo de excepción como el de René Delgado: crítico, agudo, analítico, honesto. Se necesitan periodistas como él, no propagandistas. Destaca por muchas razones, pero lo que siempre está en sus análisis es un equilibrio sobre la situación del país del que carece la mayoría que escribe o narra editoriales en vídeo, pues están situados en el blanco y negro. El pasado era blanco, el presente es negro.

El antifaz del supuesto periodismo se cayó en mayo de 2019 al revelarse montos y nombres de las columnas contratadas. Más allá de la reacción dividida entre los que negaron, ignoraron —unos más cínicos ni refutaron sus convenios— que la propaganda difundida como periodismo es perversa y dañina. No busca credibilidad sino rentabilidad. Pero el cinismo, lo dijo hace muchos años el periodista Riszard Kapucinski no tiene cabida en el periodismo, pues “los cínicos no sirven para este oficio”. Bajo esa premisa cuando se tiene cierto nivel de información es posible diferenciar al periodismo de la propaganda.

Si la interpretación de la realidad para los seguidores de redes está en Twitter y Facebook, debieran de saber que se están perdiendo lo que realmente pasa. El escándalo de la Corte es retratado por analistas que dicen andar buscando a ciudadanos demócratas y están impactados porque: no-hay-independencia-de-poderes, vaya tardío descubrimiento. Nunca la hubo, ni en el Congreso ni en el Poder Judicial, también se votó contra eso.

Antes de tomar en serio las inexactitudes que escriben, hay que recordarles que el voto por el cambio incluía continuar con elecciones democráticas como la de 2018 que no ganó por democracia, sino por arrasamiento. El cambio incluía estrenar independencia de poderes. Solo en sectores con un alto grado de desinformación se podría creer que los propagandistas defienden la independencia de la Corte, o del propio Congreso, cuando nada dijeron mientras ambos poderes acataban sin mediar palabra las instrucciones presidenciales. De eso tampoco había debate ni se cuestionaba al presidente en turno.

En tiempos de confusión, como los que se viven, el periodismo se vuelve necesario para diferenciar la información del “panfleto mediático”. Quienes explican la realidad con análisis confiables son lo opuesto a quienes persiguen su propio interés. Las columnas alineadas en un mismo tema convertidas en propaganda hacen creer que los cambios afectarán a la mayoría. Quieren convencer que México viene de un idílico pasado, cuando al menos la mitad de los mexicanos estaban en un infierno de hambre, miseria y violencia. Ni un comentario para detenerse en reconocer que la pandemia es causa de la crisis económica y propicia más violencia.

Lamentar la supuesta ausencia de democracia de ahora es pretender manipular a fuerza de la repetición. A ellos hay que decirles: no, México nunca ha sido plural, le ha costado mucho avanzar y quienes quieren echar abajo la elección de 2018 atacando a este gobierno son justamente los que buscan el regreso de la ausencia de libertad, de la dictadura de partido, de los gobiernos autoritarios y represivos. Si así lo miran, es asumir que los ciudadanos no tienen memoria, pero cuando ya votaron demostraron lo contrario. Lo hicieron contra los agravios de un pasado casi centenario que la propaganda pretende borrar.

El pasado se agotó por la ausencia de pluralidad. Junto a sus autores, el fraude 88 y 2006 están escritos en la historia de México. El apoyo del penúltimo presidente priista a un candidato panista para sentarlo en la silla presidencial casualmente después del acuerdo del Fobaproa, desmiente la historia contada del 2000.La comprada elección de 2012 desde mucho antes de la jornada electoral estrenó la modalidad de transferencias electrónicas millonarias para la compra de votos. Pero México no tiene manera de registrar fraudes electrónicos mediante pagos electrónicos del voto. A ese oscuro pasado electoral es al que no se quiere regresar.

Meses atrás la resistencia movió sus piezas para apropiarse del Congreso. Pese a los acuerdos, ignoran si podrán conseguirlo. Las encuestas se pueden equivocar, pero hasta ahora perfilan que la oposición no va a salir contenta en junio. El periodismo ausente —con valiosas excepciones— no denuncia que un grupo opositor quiere llevar al país al retroceso de antaño al que le pone a la fuerza el nombre de democracia, como así se llamaron todos los gobiernos que veían el fraude como derecho y como algo natural para imponerse en los cargos de elección popular.

La resistencia se amparó contra el cambio para estorbar las obras del Tren Maya, de la refinería Dos Bocas o Santa Lucía. No es que vayan lentas; sus amparos las detienen.

Se necesita ir en búsqueda del periodismo serio, el que no va a mentir por conveniencia propia, el que llame a las cosas por su nombre. En México se está construyendo democracia, antes inexistente. Aún no es la costumbre, pero su edificación está en la ruta. Es impostergable sacudirse los mitos del pasado, como el de la inexistente independencia de poderes o recordar ese momento incómodo en el que el novelista Vargas Llosa le lanzara al autoritario régimen el hasta entonces soslayado adjetivo que definía a México como la dictadura perfecta, que luego su autor rebautizara como la ‘dictablanda’, mientras los propagandistas de entonces propusieran aplicarle el artículo 33º al escritor.

Hace falta ir al encuentro del verdadero periodismo, el que alerta, el que informa, el que contrasta, el que desmenuza, el que contextualiza, el que se basa en datos no en opiniones. Como ese periodismo de René Delgado: honesto, valiente —aunque incomode a sus impares—y equilibrado. Contrasta con todos los demás. Su columna SobreavisoO, leída durante 27 años en el periódico Reforma y que ahora se ha mudado a El Financiero, le da al lector la oportunidad de ver el todo y no la partecita que los otros venden. Son tiempos de viejas inercias traídas a la fuerza al escenario nacional que confunden al ciudadano, pero que el buen periodismo ayuda a evitar. La propaganda busca intereses individuales.

El periodismo es el bien colectivo. Son tiempos de confusión, pero el periodismo no ha cambiado su noble fin: servir a los ciudadanos para que vivan mejor.

Por Martha Zamarripa | Lunes, 26 De Abril Del 2021.

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